Archivos mensuales: Febrero 2009

“El papel había sido lacrado en varios luagres con un dedal a modo de sello; el mismo dedal, seguramente, que encontré en el bolsillo del capitán. El doctor rompió los sellos con sumo cuidado: dentro había el mapa de una isla con indicaciones de latitud y longitud, sondeos, nombres de cerros, bahías y ensenadas, y todos los detalles necesarios para conducir un barco a un fondeadero seguro de sus costas. La isla tenía proximadamente nueve millas de largo y cinco de ancho, y una forma que se podría describir como un gran dragón rampante, con dos buenos puertos naturales y un monte en el centro denominado cerro del Catalejo. Se veían también unas cuantas anotaciones de fecha posterior, y, lo más importante de todo, tres cruces en tinta roja, dos en la parte norte de la isla y una en el sudoeste y, junto a esta última, también en tinta roja y en letra clara y pequeña, muy distinta de los toscos caracteres del capitán, estas palabras: aquí el grueso del tesoro.”

Stevenson, R.L. La isla del tesoro. Madrid: El País, 2004, p. 56.

“Lo recuerdo como si fuera ayer: llegó caminando pesadamente a la puerta de la posada, con el baúl detrás en una carretilla: era un hombre alto, fuerte, corpulento, de piel morena; una coleta negra embreada le caía sobre la espalda de su sucia casaca azul; tenía las manos encallecidas y agrietadas, y las uñas negras y rotas; y aquel chirlo de sable, de un blanco sucio y lívido, que le cruzaba la mejilla.”

Stevenson, R.L. La isla del tesoro. Madrid: El País, 2004, p. 15.

Carr, Caleb. El alienista. Barcelona: Suma de letras, 2000.

Carr, Caleb. El ángel de la oscuridad. Barcelona: Ediciones B, 2007.

“El buen tiempo, el tiempo superado. Podía avanzar pacíficamente hacia la muerte, orgulloso de haber sido el instrumento del último, del verdaderamente fugitivo, del anacrónico triunfo del honor contra el Estado, de haber llevado a su plenitud a la caballería.”

Duby, Georges. Guillermo el Mariscal. Madrid: Alianza, 1985, p. 170

“Para Guillermo se trata menos, por tanto, de hacerse admirar entre los barones como su par, ya que muchos son advenedizos como él, que de extender la amistad entre ellos, de ganar apoyos, y sobre todo de tener garantías. Porque, en este medio restringido, las envidias, las rivalidades por los beneficios del poder son ardientes, tan brutales y peligrosas como las que se desarrollan, en el plano inferior, entre el grupo de jóvenes que se disputan la generosidad de un patrón.”

Duby, Georges. Guillermo el Mariscal. Madrid: Alianza, 1985, p. 151.

“El valiente no busca otra protección que la destreza de su caballo de batalla, la calidad de su armadura y la devoción de los camaradas de su rango cuya amistad le flanquea. El honor le obliga a parecer intrépido, hasta la locura.”

Duby, Georges. Guillermo el Mariscal. Madrid: Alianza, 1985, p. 99

<<El Mariscal fue, a mi juicio, el más leal, verdadero, que yo haya conocido jamás, en cualquier lugar que estuviese.>> [...] <<Señor, yo pienso que fue el caballero más sabio que se vio, en cualquier lugar, en nuestros tiempos.>>

Duby, Georges. Guillermo el Mariscal. Madrid: Alianza, 1985, p. 31

<<Las gentes de la Iglesia se ensañan contra nosotros; nos apuran demasiado. Yo he cogido durante mi vida al menos quinientos caballeros, de los que me he apropiado las armas, los caballos, los arneses. Si se me niega el Reino de Dios por eso, entonces me han engañado. ¿Qué puedo hacer yo? ¿Cómo queréis que devuelva todo? No puedo hacer más por Dios que entregarme a él yo mismo, arrepintiéndome de todos los males que he cometido. Si los clérigos no quieren que yo sea desterrado, rechazado, excluido, deben darme la paz. O su argumento es falso, o ningún hombre puede salvarse>>

Duby, Georges. Guillermo el Mariscal. Madrid: Alianza, 1985, p. 24

“El conde mariscal ya no puede más. La carga le aplasta ahora. Tres años antes, cuando se le presionaba para que asumiera la regencia, cuando, cansado, acabó por aceptar convirtiéndose en <<guardián y maestro>> del rey niño y de todo el reino de Inglaterra, claramente lo había dicho y repetido: <<Estoy demasiado débil y completamente desvencijado>>.”

Duby, Georges. Guillermo el Mariscal. Madrid: Alianza, 1985, p. 7

Xingjian, Gao. La Montaña del Alma. Barcelona: Planeta, 2004.